jueves, 18 de octubre de 2018

Intacto

La noche se tornaba pesada  y sentía cómo el calor iba trepando paulatinamente mi piel. Yo permanecía inmutable, sólo pestañeaba. Aunque por momentos, me hacía cargo de escuchar sonidos que iban acrecentándose en distancia hacia mí, a la par de la carrera infinita en la que estaban inmersas las agujas del reloj. Mi interior parecía que iba a explotar de alguna u otra forma. No podía moverme y eso me producía una angustia engañosa. Mi rostro ardía y no estaba segura de cuánto tiempo faltaba para incinerarme en el juego mórbido de la adrenalina desnudándose junto al miedo. La madera crujía cada vez más cerca mío. Ya no buscaba excusas sobre su contracción  y la humedad. Sólo me aferraba a cerrar los ojos ya que era lo único bajo mi control y no quería estar mirando cuando apareciese en frente mío.

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